
La salvadoreña Aminta Ramírez sabe lo que es la pobreza. Su vida siempre estuvo llena de necesidades, hasta que ocurrió algo que transformó radicalmente su situación después de que sus hijos emigraron a Estados Unidos y comenzaron a enviarle ayuda económica.
En conjunto, este dinero que aquí se conoce como remesas familiares, suma 2 mil millones de dólares al año, que benefician al 22% de los 6 millones de salvadoreños.
Este ingreso complementa el ingreso familiar, y apoya la compra de bienes y servicios que la familia realiza.
La mayoría de los que reciben este dinero, son los salvadoreños más pobres, especialmente de las áreas rurales. Todos cumplen con el ritual de acudir periódicamente a una sucursal bancaria, para recoger la ayuda que envían los que legal o ilegalmente emigraron en busca del sueño americano. 50 o 100 dólares al mes, les sirven para comprar alimentos, vestuario, medicinas, y si sobra un poco, educación.
Sin embargo estas remesas familiares no solo le dan alguna dignidad a más de un millón de salvadoreños, también sostienen la economía del país. Hay sectores que reciben grandes beneficios como el comercio, la telefonía, las líneas aéreas, los bancos, la construcción y las exportaciones hacia Estados Unidos.
Un 13% de la población total de El Salvador está en ese país, esto ha hecho que haya una demanda creciente de productos étnicos, nostálgicos.
El que se vaya un miembro de la familia a trabajar afuera, implica que pronto la familia que se queda tendrá todo lo que hace falta.
Beneficios que no compensan los peligros de la migración ilegal o la separación familiar que experimentan cientos de miles de salvadoreños, y que Aminta sabe no es fácil de sobrellevar, aunque se esté rodeada de comodidades, porque como dice Aminta: "el dinero no lo hace todo, hace falta el amor de ellos, el calor de familia que a veces uno lo añora".
