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Una realidad distinta

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A los ojos de cualquiera, Eduardo Campos tenia todo lo que necesitaba, pero su realidad era muy distinta.

Eduardo: Me sentía bien frustrado, con esa palabra, porque yo no tenía una comunicación con mi propia familia.

El joven tenía motivos más que suficientes...

José Campos: Mi matrimonio era un caos, era muy tremenda situación con mi esposa, se hablaba ya de una separación, de una ruptura total.

Rosa Pérez: Mi esposo metido, en su trabajo. Mis hijos, cada quien por su lado.

Cuando su familia comenzó a desmoronarse, Eduardo encontró otra en la calle, pero muy diferente.

Rosa: Fue cuando le pregunté: ¿en qué estás metido? – y me empieza a hablar de pandilla de palabras que no había escuchado, que la clika, que la family, que no le entendía nada, pues, palabras que no había escuchado, y yo decía ¿quién es este? Este no es mi hijo el que yo antes escuchaba, con el que jugábamos o veíamos televisión.

Su madre tenía razón: Eduardo había cambiado y no solo andaba con amigos diferentes. El muchacho que pocos años antes se entretenía con pistolas de juguete, ahora portaba armas reales y eso era apenas el comienzo.

Eduardo: Llegué a vender marihuana, en este, a mover armas, este, acompañaba como ir de seguridad del que traía el cargamento de armas, llegue también a conocer gente muy metida en la red de narcotráfico.

A Eduardo, ni la angustia de su madre lo hacia reaccionar, a su padre solo le quedó una alternativa.

José: Al ver que no había en él una reconsideración, una reflexión, le dije así tajantemente que tenía que dejar el hogar.

También le comunicó que un homicidio había ocurrido en el lugar de trabajo de su madre y que por eso, ella y otros empleados estaban detenidos. Aquellas palabras, por fin, pusieron a Eduardo a pensar.

Eduardo: Yo ando mal, y ella que es una persona trabajadora está ahí adentro. Sentí que la había defraudado, sentí que era mi culpa. Y de alguna manera, todo lo que yo estaba haciendo recayendo en mi madre. Yo merezco estar en su lugar.

Rápidamente, Eduardo supo que su pandilla no podría a ayudarlo. Pero recordó a alguien que sí, alguien de quien le habían hablado muchas veces.

Eduardo: Y le dije a Dios, si tú existes, tú sabes que yo ando mal y que te debo muchas, entonces en este momento yo te pido que liberes a mi mamá y que yo no sé, me dicen que te siga, que te sirva, yo te sigo y te sirvo.

A partir de ese momento, Eduardo dejó de reunirse con sus amigos en la calle. Pasaba las horas en su casa... Esperando.

Eduardo: Esa oración que Dios escuchó, a la semana salió mi madre. Cuando vi a mi mamá libre, ganas de abrazarla.

Esa misma noche, supo que tenía que arreglar un asunto pendiente.

Eduardo: Caí de rodillas y estaba llorando como un bebé, y le dije al Señor: muchas gracias por lo que había hecho. Yo le dije a Jesús que me perdonara por el mal que le había hecho a las personas, por todas las faltas que cometí y que cómo lo había ofendido a él.

Eduardo decidió abandonar por completo la pandilla. Y aunque sus antiguos compañeros podían pensar que la suya era una traición, ahora tenía un respaldo diferente en Jesucristo.

Eduardo: Dios nunca me dejó solo, desde ese tiempo hasta la fecha me ha estado acompañando todos los días de mi vida y me ha estado sorprendiendo.

Hoy, Eduardo utiliza la música para hablarle a pandilleros sobre el nuevo estilo de vida que salvó la suya y la de su familia.

Eduardo: Es más fácil que yo le llegue a un chavo pandillero cantando que anda en los mismos pasos que yo anduve, o que ande en los caminos que yo anduve con este género con un mensaje positivo. Es más fácil que él reciba lo que yo tuve a bendición y la misericordia de Dios recibí.

La familia Campos sigue unida. Aunque pasaron por duros momentos, recibieron una enseñanza inolvidable.

Rosa: Esta situación que atravesó tanto mi esposo, mis hijos y toda, toda mi familia, sirvió para llamarnos la atención y fijarnos en Él cielo.

Eduardo: Dios no es una religión y no es algo así monótono, Dios es real y se mueve de maneras que uno no se imagina.

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