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Cuando las fuerzas faltan

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Paola Henríquez: Empecé a vender las cosas. Máquinas que me costaron a mi 400, 500 mil pesos, yo las vendía en 50 mil pesos o las cambiaba por una bolsa de droga. Mis hijos la pasaron súper mal porque ellos empezaron a pasar hambre, les faltaba de todo, porque yo me gastaba toda la plata.

Paola, una joven empresaria de la confección, se afanaba día y noche por mantener el éxito que había logrado. Cuando las fuerzas le faltaron alguien le ofreció algo que la mantendría animada y despierta. Así comenzó a consumir cocaína.

Paola: Un papelillo de 5 mil pesos me duraba una semana, y después me duraba una hora, después no me duraba nada.

Y la pasé mal, comencé a tener problemas, me separé, porque así nadie me iba a reparar lo que yo estaba haciendo.

Sin control Paola comenzó a vivir una vida loca. Rodeada de drogadictos y traficantes.

Paola: Estando sola estuve dos años más o menos, consumiendo pasta base y mi esposo me pidió que volviéramos porque él siempre quiso que arregláramos el matrimonio. Yo le dije que bueno, pero que yo no era la misma Paola con la que él se había casado.

Pasando por alto el perdón de su esposo, y el sufrimiento de sus hijos de 12 y 9 años, Paola siguió consumiendo drogas.

Paola: Los puse a ellos en peligro, y no me importaba, o sea, lo más importante era la droga. Ellos me salían a buscar para que yo no tuviera problemas con su papá, pero llegó un momento en que mi esposo me echó de la casa porque yo ya lo tenía totalmente en la ruina.

Sin dinero y sin familia, Paola quedó finalmente abandonada a su suerte.

Paola: Tuve que empezar a robar para poder saciar mi necesidad de droga. También llegué a prostituirme para consumir droga. O sea yo me acuerdo… igual para mi es doloroso porque… a que nivel dejé de menospreciarme tanto yo. A que nivel uno deja de quererse y de no importarle nada. O sea a mi no me importaba como andaba de sucia, no me importaba ninguna cosa; a mi lo único que me importaba era consumir droga.

Desesperada por su situación, buscó una salida cambiándose de ciudad. En su vientre llevaba el fruto de una relación con otro drogadicto.

Paola: Yo por mi embarazo quería dejar de consumir droga, pero igual después estuvo la tentación, igual comencé a consumir allá. Cuando tenía como siete meses, vivíamos nosotros en una casa esquina y dos casas más allá había una iglesia. Y como que algo me decía que yo fuera para allá. Y fui.

En la iglesia le hablaron del amor de Cristo y ese poder maravilloso sanador.

Paola: Y allí yo acepté al Señor, le conversé que yo quería salir de las droga. Después nació mi guagua y volví yo a Santiago, y volví a consumir.

De vuelta a la calle parecía que la única solución era quitarse la vida.

Paola: Y cuando iba a matarme, como que una voz me habló y me dijo que no lo hiciera porque el Señor me iba a sacar de nuevo. Y lo que siempre me acuerdo que me dijo fue: “el diablo vino a matar, robar, y a destruir. A ti te robó tu vida, te la destruyó y ahora quiere matarte.”

Confiando que Jesús le daría vida abundante, detuvo su mano y volvió a su iglesia.

Luego de meses internada en un centro de rehabilitación, y libre de drogas regresó con su hija en busca de su familia.

Paola: Cuando yo vi a mis hijos, habían pasado dos años desde que yo no los veía. Ellos estaban tan felices de verme y de ver a su hermanita. Y para mi fue súper gratificante de que ellos inmediatamente la llamaran hermana.

Esposo de Paola: Cuando apareció y la vi con la niña, fue como llegar con una guagüita que no es mi hija pero la quiero más que si fuera mi hija.

Paola: Mi esposo me llamó para un lado y me dijo que no quería que yo me fuera, que yo les hacía falta a ellos. Que la niña que estaba ahí a él no le importaba en las condiciones en que había llegado al mundo, porque la niña era hija de él y que yo seguía siendo su esposa y que quería que estuviéramos todos juntos. Yo siempre decía: “yo el día que salga es el día que me muera”. Y el Señor me dio la oportunidad, me dio vida nueva, y aquí estoy. O sea estoy con vida y salí de eso.

Esposo: Estoy feliz no me voy con el miedo de irme en la mañana y llegar a la noche y que mis hijos están afuera diciéndome: “Papá, mi mamá se fue”. Ese miedo ya no lo tengo. Voy feliz.

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