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¿Crees que sea posible perdonar la infidelidad? Lucila de Medina, en Ecuador, tuvo que hacerse esa pregunta cuando descubrió que su esposo se había involucrado con otra mujer. Su matrimonio tambaleaba, su esperanza estaba casi perdida, pero encontró la respuesta justo a tiempo.
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Luego de cuatro años Funky regresa no solamente con disco nuevo, “Reset” sino con un libro. Disfruta de la entrevista que le realizamos en el Club 700 Hoy.
En nuestra sociedad moderna, los centros comerciales parecen haberse convertido en los lugares preferidos de entretenimiento de las personas. Pero aun así, los mercados se resisten a morir y ofrecen muchas opciones para pasar un buen rato.
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¿Crees que sea posible perdonar la infidelidad? Lucila de Medina, en Ecuador, tuvo que hacerse esa pregunta cuando descubrió que su esposo se había involucrado con otra mujer. Su matrimonio tambaleaba, su esperanza estaba casi perdida, pero encontró la respuesta justo a tiempo.
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En nuestra sociedad moderna, los centros comerciales parecen haberse convertido en los lugares preferidos de entretenimiento de las personas. Pero aun así, los mercados se resisten a morir y ofrecen muchas opciones para pasar un buen rato.
Carmen Garcia nunca experimentó la alegría de la niñez. Desde temprana edad, ella practicaba la ley del más fuerte, robando lo que pudiera encontrar para alimentar a su pequeña hermana, y a su abuela ciega.
Carmen: Robaba ya cuando estaba la cosecha ya grande, el maíz. Aún siendo muy chica, yo les daba, pues, para comer. Yo le llevaba para comer y así empecé a crecer, empecé a trabajar en el campo. Hoy me duele recordar, que sean situaciones muy difíciles para uno más cuando es mujer, cuando en un hogar no hay un varón, no hay un padre, no hay escuela, no hay nada, no hay zapatos, no hay nada. Es triste.
Cuando Carmen cumplió 19 años, despertó la admiración de Gregorio Baez, quien la conquistó con una serenata. Unos días más tarde, le propuso matrimonio.
Carmen: Y yo le dije, “¿Yo casarme contigo? Ni loca que estuviera.”
Pero Goyo tenía una ventaja, la cual hizo desaparecer las objeciones de Carmen. El venía de la familia más rica del barrio.
Carmen: Vi más que nada una salida a mi situación. Dije aquí no tenemos que comer y ahí sí hay. Hay mucho maíz, hay mucho frijol, hay mucho. Y luego, pues, él me planteó un panorama muy bonito, la verdad. El me dijo, mira que si tú te casas conmigo, ya no vas a trabajar. Mira, tu mamá ya no va a trabajar. Yo voy a trabajar, los voy a mantener.
Tal vez las intenciones de Goyo eran buenas, pero su adicción por el alcohol le hizo romper sus promesas.
Carmen: De casarnos fue peor porque él me dijo que iba a dejar de tomar y no fue cierto. El ya agarró y siguió su vida, siguió tomando.
No solo hizo que Carmen fuera el sustento de la familia, ella también se convirtió en el desahogo para los fracasos y decepciones de Goyo.
Carmen: Siempre estaba yo llorando. Nunca me defendía. Nunca metía yo las manos. Pasó un año, dos años, tres años, cuatro años, cinco años hasta como 10 años, seguimos la misma. Me embaracé, tuve un niño, tuve otra niña. Traía yo como tres niños y nosotros seguíamos en las mismas condiciones. Empecé a vender globos, calle por calle vendiendo mis globos, se me reventaban. No sacaba yo el dinero. No tenía para darles de comer. Nos sentábamos en las calles a descansar un poquito y cuando yo me sentaba a descansar los niños se me dormían. No podía yo jalarlos.
Contra todos los obstáculos, Carmen se mantuvo en buen estado. Pero un día fatídico todo eso cambio. Viendo que Goyo estaba sobrio, ella le pidió que le explicara el porqué de su incesante crueldad.
Carmen: Y le dije “Oyes, Goyo, ¿Qué te he hecho? ¿Qué de malo te he hecho yo? Mira yo te quiero mucho, mira, yo te mantengo. Yo te doy. ¿Por qué me pegas así? ¿Cuántos años tenemos? ¿Cuántos niños tenemos?
Goyo: Ahora que me estás preguntando, te lo voy a decir. “Jamás te quise ni te voy a querer. Y ya, déjame en paz”.
Carmen: Yo no más sentí como que una mano fue bien fuerte adentro de mi pecho como que alguien me apretó bien fuerte y le dije, “está bien ¿entonces no me quieres?” Y de ahí empecé a odiar, tuve otro hijo. Por fin que se completaron siete niños.
Y el número aumento a diez en unos pocos años.
Carmen: Empecé a odiar a mis hijos. Lo que más me daba coraje que empecé a andar en los basureros ahí con los perros andaba yo batiéndome en la basura buscando para comer y empezó el odio y el rencor y ojala te mueras, ojala te maten, cómo no te matan, ojala y te mueras le decía yo, te debías de morir. Llegaba y me golpeaba más y más y más me golpeaba.
Carmen no veía una salida. Pero su odio le proporcionó un plan.
Carmen: Yo los voy a rociar con gasolina, y mi venganza es de que cuando ya estén quemados los voy a formar en la puerta. Voy a mandarlo a traer a él, a mi esposo, y le voy a decir: “Mira por tu culpa ahí están tus hijos.”
Carmen odiaba a su esposo, odiaba a sus hijos, se odiaba a sí misma. Y especialmente odiaba a Beatriz, la mujer de voz suave que apareció un día en el puesto de verduras donde Carmen vendía productos robados.
Carmen: Y ella compraba de lo que yo robaba. Odiaba a esta persona, pero siempre me buscaba. Yo no mas la escuchaba, “ay, ya llegó otra vez esa que quien sabe que, díganle que no estoy”. Se estaba una hora, se estaba dos horas o hasta que yo saliera.
Beatriz: Mira, yo siempre que paso por aquí veo que usted les está regañando. La veo como triste, como que le pasa algo, ¿verdad? Yo creo que necesita Cristo en su corazón. Hay alguien que la ama mucho juntamente con tus pequeños.
Carmen: “A mí nadie me ama, Señora”. Ella me empezó a hablar de la palabra de Dios. Ella empezó a decirme, “¿Sabe qué señita? Hay alguien que la ama.” Ay que me va a amar, le decía yo. Míreme, míreme. ¿Esto le llama usted amor? Míreme como ando, mire mis venas están casi a reventar de que me golpeaba con el cinturón. ¿Esto es amor? No, yo no hablo de su esposo, hablo de alguien que la ama y mucho. Que me va a amar, a mí nadie me ama, decía. A mí nadie me ama. Mire, tantos escuincles que tengo. Mírelos, como andan todos descalzos. No tienen ni ropa, no tienen nada. Míreme yo, aquí como vivo, le dije. ¿A esto le llama usted amor? Me dijo, “Mire, Cristo la ama.” No, ni me hubiera mencionado a Cristo; Y me dijo, “Cristo murió por usted.” Ah, sí, ya no más eso me falta, que usted me achaque la muerte de Cristo. No, a mí no me venga usted con sus cuentos, Señora. ¿Y sabe qué? Váyase. La corría yo.
Pero cuanto más decidida estaba Carmen de alejarse de Beatriz, más decidida estaba Beatriz de amar a Carmen.
Beatriz: Le quería invitar asistir con nosotros a la iglesia.
Finalmente Carmen acepto su invitación de asistir a la iglesia y ver una película cristiana.
Carmen asistió solo con uno de sus hijos y ahí escuchó un mensaje de la Biblia que cambio su vida para siempre.
Carmen: “Clama a mí que yo te responderé”, y “cree tú en el Señor Jesucristo y serás salvo, tu y todos los de tu casa”. Eso fue lo que se me quedó a mi grabado. Dije, a lo mejor sí es cierto. Voy a creer en algo que no veo pero voy a creer. Y cuando yo me acerqué por primera vez al altar del Señor Jesucristo ahí empecé a reconocer mis faltas a reconocer mis errores.
Pasaron diez años en que Carmen quedó firme en su nueva fe, y en que oró fiel y fervorosamente por su esposo. Finalmente el día llego cuando ni si quiera Goyo, con toda su tenacidad, pudo resistir el poder de Dios. Una mañana se despertó temprano de un sueño en el cual se vio ahogándose en un canal de aguas negras.
Gregorio: Entonces allí fue donde yo empecé a orar, a clamar a Dios. Y dije, “Señor, ten misericordia de mi. Sácame de aquí. Si tú me sacas de aquí, yo te voy a servir. No sé en qué, pero yo quiero servirte. Pero sácame de aquí. No permitas que yo me quede aquí.”
Goyo no le dijo a Carmen acerca de su sueño. Más tarde aquella mañana, él se vistió y salió a caminar. Carmen, por su parte, estaba orando en la iglesia.
Gregorio: Muchas veces como varones nos sentimos superior a la mujer, pero no somos, sino que simplemente somos unos cobardes aquellos que le pegan a su mujer.
Carmen: Matrimonios como el mío hay muchos. Lo único que puedo decir es que el único es Cristo, y soy feliz. Cuando escucho a mi esposo alabar a Dios, le digo, “Señor que grande es usted”, Cristo vive y Cristo ayuda, y Él es la solución a nuestros problemas.
Ya por muchos años, Carmen y Goyo, junto con muchos de sus hijos y nietos, forman un grupo mariachi que le cantan a Dios.
Carmen: Yo le quiero cantar. Es mi vida, esta es mi razón de vivir. Siento que le estoy cantando a un rey.
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